A 10 años de Racing campeón: el ‘paso a paso’, la crisis y la duda de un árbitro


El Paso a Paso y los cuernitos de “Mostaza”, las cargadas de los rivales por el status de “empresa” que había asumido el club meses antes, el gol de Bedoya a River, el país que se desangraba, las disputas para jugar un partido de fútbol tras el vendaval y los 39 muertos, la hinchada que llenó dos canchas simultáneamente, el cabezazo de Loechsbor, el desahogo, por fin el desahogo después de 35 años de espera.

Son apenas algunas de las postales del Racincampeón, de ese acontecimiento ocurrido un día como hoy, pero muy distinto al de hoy, diez años atrás. La ficha técnica dirá que se consumó con un 1-1 frente a Vélez en el Amalfitani que bastó para dejar a River abajo, a un punto nomás; pero detrás hay una historia de sufrimiento, de resistencia, de grandes gestas deportivas y también de detalles turbios que, en algunos casos, permanecieron en secreto hasta la aparición de ¡Academia, carajo!, la obra escrita por Alejandro Wall y editada por Sudamericana que ya está en todas las librerías.

“Racing campeón en el país del ‘que se vayan todos’”, reza el subtítulo, acaso una forma más acabada de entender de qué va esta historia que fusiona política y deporte y que comienza con una confesión, la del árbitro asistente Alberto Barrientos, hincha de “La Academia” y protagonista de la definición: él convalidó el tanto de Loechsbor, quien había partido en posición adelantada a la salida de un tiro libre; una jugada fugaz y confusa que le despertó dudas pero que resolvió con frialdad, al menos hacia afuera, tal como lo hace el resto de sus colegas cuando levanta el banderín para anular un festejo o cuando corre hacia la línea que delimita la mitad de la cancha para legitimar el grito de las tribunas.

“Yo no me iba a hacer el héroe con todo lo que estaba pasando en el país, donde, además, todos querían que Racing fuera campeón, hasta los que no eran hinchas de Racing”, dice Barrientos. Más adelante contará que sabía su designación para ese choque con Vélez estaba cantada por los colores que amaba y que el equipo de Reinaldo Merlo sería campeón “sí o sí”, además de admitir que “ya en el campeonato anterior había una onda para que Racing fuera campeón”. “Yo le di el gol en offside y por mis hijos que jamás aceptaría plata. Lo denunciaría”, aclara.

Una imagen, mucho menos sutil, quedó grabada en las retinas futboleras de la época: la de Julio Grondona ingresando a la Casa Rosada para reunirse con el entonces presidente Ramón Puerta y resolver cuándo se disputaría la última fecha, que en los papeles correspondía jugarse el 23 de diciembre, dos días después de la renuncia de Fernando De La Rúa y de la represión en Plaza de Mayo. La cumbre incluyó a Fernando Marín, el gerenciador de Blanquiceleste, y Miguel Ángel Toma. La fecha fijada fue el jueves 27 de diciembre. “Ganó Racing”, anunciaba el diario deportivo Olé en su portada del día siguiente. Sergio Marchi y todo Agremiados, que querían trasladar la definición a febrero, después de las vacaciones, perdían la pulseada.

Marín saca pecho y asegura que tenía “peso en la AFA para defender a Racing”, aunque aclara que nunca puso plata para comprar un árbitro y, al mismo tiempo, admite que lo intentó, sin suerte. Remata: “Creo que en el partido con Vélez la dirigencia del fútbol argentino, partiendo de Grondona, quería que Racing fuera campeón. Aunque no hubo nada ostensible”.

“Todo salió tal como lo planeamos”, se jacta “El Funcionario”, una fuente anónima que habla de cómo se cocinó políticamente aquel campeonato. “Necesitábamos que ganara, teníamos que hacerlo campeón (…) Después Había que arreglar el festejo con la hinchada, hacerlo en el Obelisco, garantizarnos eso, jugar con el contraste de la imagen”, revela. Y agrega que entonces arreglaron con la barra y que tenían todos los informes de inteligencia “para que no hubiera infiltrados” en los festejos.

Wall aclara en diálogo con Infobae.com: “Es un testimonio real, en off, de una fuente que intentó contarme algo que no existió como queda claro en el libro dado que al cruzar los datos no se correspondían con la realidad (NdeR: la fuente habla de que hubo un cambio de árbitros que no fue tal). Intentaba contar cómo actúa el poder, cómo se jacta ante determinados hechos, alimentando nuestras fantasías o atentando contra ellas, según cómo se mire. El Funcionario intenta hacerme creer, incluso, que arreglaron un festejo en el Obelisco y, como ya sabemos, no hace falta que a los hinchas nos digan en dónde tenemos que festejar”.

La pregunta cae de madura: ¿hubo arreglo? “Si creyera que hubo algún arreglo, lo hubiera contado. Yo no juzgo en el libro, y no lo hago en general cuando hago periodismo, sólo cuento historias. Si cuento que hubo una reunión en la Casa Rosada un sábado por la mañana en medio de un país en llamas no necesito hacer un juicio de eso, la historia lo dice todo. La historia de Barrientos evidencia todo un sistema de selección de árbitros, pero no de ese campeonato sino del fútbol argentino en general. No tengo ningún elemento documentado que me indique sobre partidos arreglados. Lo otro es un terreno plagado de conjeturas. ¿Podríamos afirmar con certeza que no hubo ningún arreglo en el último título de Boca? No. ¿Podríamos sospecharlo? Podríamos. ¿Tenemos pruebas o documentos? Ninguno”.

Hay lugar para los débiles

Si el hincha es el eslabón más débil en la cadena del fútbol, el libro lo reivindica en todas sus formas. Allí se cuentan historias de anónimos y otros no tan anónimos que demuestran lo lejos que estuvo el autor de encarar un trabajo simplemente para destapar ollas y salpicar a todos por igual. Por eso excede lo que ocurrió estrictamente en ese segundo semestre de 2001 dentro de la cancha, donde un entrenador paraba un equipo aguerrido y sin figuras rutilantes, apelaba a técnicas esotéricas pero también, aclara Wall, “tomaba decisiones acertadas”. “Aunque quedó como un latiguillo superficial, el paso a paso de Mostaza fue una filosofía zen que ayudó a tranquilizar a ese mundo ansioso que era Racing”, argumenta.

Volvamos a los hinchas. Ya no son sólo Guillermo Francella, Mirtha Legrand o Diego Capusotto; Jorge Porcel, Carlos Gardel o Juan Domingo Perón. Ni siquiera los de afuera, historias simpáticas como las de Obélix, el amigo de Astérix que llevaba pantalones blancos y celestes porque era hincha de Racing como su creador (René Goscinny); o Albert Camus, quien además de escribir La Peste y El Extranjero atajó en el Racing de la Universidad de Argelia (RUA) y por homonimia abrazó la pasión académica; sin olvidar a John Lennon, uno más entre los hinchas racinguistas cuando “El equipo de José” se consagraba campeón del mundo y era la contra –bienvenido, “Coco” Basile- del Celtic escocés.

No, ahí desfilan las historias de Juan Scardillo, más conocido como “El Tano” y ex jefe de la barra cuando todavía el negocio no era la esencia misma de las barras. El hombre que entró de noche al estadio para desenterrar los supuestos sapos que habrían sepultado hinchas de Independiente, cultores del maleficio ellos; el que fue a la cancha el día de la muerte de su madre. O Juan Gabriel Arias, el cura fanático que asegura la Virgen de Luján lleva puesta la camiseta de Racing y que tuvo varios problemas con la Policía por defender a ,sus compañeros de tribuna. El que ayudó al “Tano” a combatir el alcoholismo, también.

Y están, a su vez, las historias de Rita y Adrián, los hinchas que se conocieron en un viaje en 1991 y una década después le ponían fecha a su casamiento si Racing salía campeón. La de Martín Sharples, el atleta militante al que le amputaron una pierna, salvó vidas en la desastrosa jornada del 20 de diciembre y días después estaba en la cancha de Vélez, con su silla de ruedas y una remera que decía: “Basta de matar al pueblo”. O Flavio Nardini, el hincha que tuvo la estatua de “Mostaza” siete años en su casa porque Marín no dejaba que la pusieran en el estadio (y entonces había que guardarla en un lugar seguro y secreto, sobre todo después de que la barra de Independiente intentara secuestrarla de una galería de arte en Villa Devoto). Incluso hay expresiones de solidaridad hacia otros hinchas (ver aparte).

Abrir la puerta para ir a jugar

Jugar en esas circunstancias es una pregunta que vuelve una y otra vez. Hoy, algunos integrantes de ese equipo campeón piensan que tal vez fueron “un poco egoístas” (Martín Vitali dixit), otros siguen sosteniendo –en su momento fue una ardua pelea con River y con Agremiados, que querían postergar- que la situación del país no iba a cambiar de un mes para el otro. “¿Estaba mal? ¿Cómo se suspende una pasión? ¿Con qué botón se apaga? ¿En qué momento un hincha deja de serlo?”, se pregunta Wall sobre el final del libro.

Continúa su reflexión en diálogo con este medio: “Si nos preocupa que el fútbol tape, venimos perdiendo por goleada, porque es la pasión la que genera eso. En este país se siguen muriendo pibes de hambre y no pedimos cada fin de semana que se pare de jugar a la pelota. Digo, también, que febrero no iba a ser un país muy distinto al 27 de diciembre, salvo por un nuevo presidente interino y por una mayor distancia de la represión del 19/20. Las analogías con el Mundial 78-dictadura y la de Malvinas-Mundial de España 82 pueden sonar exageradas, pero sirven como muestra de utilización política del fútbol. Una utilización política como la que llevaron adelante todos los gobiernos, siempre, aunque a veces queda más expuesta que otras”.

¡Academia, carajo! es un libro para pensar más allá de esos 90 minutos que, sí, son capaces de paralizar un país en el momento menos pensado. El campeonato fue la mejor excusa que encontró Wall para reivindicar una novela de resistencia –la de los hinchas- en medio del más absoluto caos institucional; situaciones particulares que ayudan a reflexionar sobre cómo funciona una estructura general de la que depende nada menos que la pasión. Está escrito con el amor del hincha pero con un entusiasmo y rigor periodísticos que engalanan. Cada fotograma de su exposición tiene un detalle referencial, una metáfora, un dato que permite analizar la historia no sólo desde la comodidad que otorga la perspectiva sino directamente desde otro lugar. Que no es poco.

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